Rick and Morty tiene dos tipos de episodios. Uno: los superficiales llenso de aventuras y violencia saltando de portal en portal. Dos: los profundos, los que se detienen a mirar el vacío que carga Rick Sanchez.
La temporada 9 parece un reflejo de su protagonista: alcohólico, roto, depresivo. Es como si la poca esperanza que quedaba, ya no es suficiente. Cada episodio nos recuerda que es absurdo luchar contra lo inevitable.
En el segundo episodio de la temporada, Rick se borra la memoria para vivir como un hombre ordinario y como Ted vive una vida tranquila, pero cuando descubre la verdad, inevitablemente volver a su miseria de siempre.
Y la depresión de Rick parece contagiosa.
En un episodio, Rick le implanta a Morty un parásito que le hace sentir que todos lo quieren. Cuando se lo quita, Morty no vuelve a la normalidad: vuelve vacío.
En el último episodio, Morty visita diferentes mundos para ver cómo entierran a diferentes Mortys. En uno de esos mundos encuentra a una familia que lo adora. Esta familia expulsó a Rick de su vida por ser alcoholico. Morty toma el lugar del morty muerto y todo parece perfecto… por fin tiene esa familia que tanto añoro… hasta que ese cariño se vuelve asfixiante y termina destruyendo a todos.
Para volver a casa, Morty busca al Rick de ese mundo, que tras ser expulsado de su familia transformó su vida; ahora está sobrio y tiene una esposa que lo quiere. Y en vez de alegrarse por él, lo empuja, lo manipula, hasta convertirlo de nuevo en el borracho de siempre.
En su novena temporada, la serie parece examinarse a sí misma. Casi diez años al aire, y un mundo que parece haber seguido adelante, empujándola a la irrelevancia, sus escritores no fingen que todo está bien. Pero tampoco se detienen: la última imagen no es una tragedia, es Rick jalando a Morty a otra nueva aventura.
Tal vez por eso la serie tiene dos tipos de episodios. Los profundos, para mirar el vacío. Y los superficiales, para no quedarnos a vivir en él.
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